Buenas...

Leedme si queréis, no os obligo.

jueves, 5 de julio de 2012

Prueba.


Vamos a jugar a algo. Te propongo una prueba:


Imagínate a un niño pequeño. De unos 5 o 6 años. Puedes ser tú si lo prefieres. Pues bien, ese niño ha salido, como casi cada día con su madre a dar una vuelta. Y su madre, como casi cada día, le ha llevado a la tienda de golosinas para comprarle algo. Pero, al ser verano, el niño ha pedido "un heladito". La madre, como "un día es un día" se lo ha comprado. E imagínate al niño, feliz, con su helado de crema en la mano, porque todo el mundo sabe que las madres no compran helados de hielo, que son malos para la garganta. Pero claro, los niños a esa edad todavía no tienen pleno control sobre sus movimientos, y en un movimiento involuntario el nio hace chocar su mano derecha, con la que sujetaba el helado, contra la parte de atrás de su pierna. Y el destino y la gravedad han querido que el helado se desprenda de la pequeña mano del niño sin que él pudiera hacer nada y cayera dando media vuelta, quedando, al estar medio derretido, esparcido por el suelo. Ahora, y aquí va lo importante, imagínate la cara del niño. Esos ojos que denotan ilusiones rotas, esa lengua relamiéndose para aprovechar los restos que se habían quedado pegados a los labios. Esa mirada desde abajo, callada, sin entender nada, preguntando "¿por qué?"
Bien. Esto es, estadísticamente* lo que más pena da del mundo. Ni hermanos de niños con cáncer cortándose el pelo ni padres que mueren por sus hijos. La simple desolación de quitarle un helado a un niño en un cálido día de verano.


*Encuesta realizada por mí. En su mayoría, a personas del sexo femenino.

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